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Ecos Del Alma

El Regreso

El Regreso El regreso

 

I

 

El viaje donde Castillo

 

 

 

Después de convencer a mi familia y de varias horas de vuelo llegue al Aeropuerto Internacional Ministro Pistarini en Ezeiza, Argentina. Tenía deseos de conocer a Buenos Aires, pero como quedaba a 35 Km., decidí seguir las recomendaciones de Castillo y busqué un taxímetro que me llevara a la estación Retiro y allí, un tren hasta Derqui.
Ya en el tren contemplé el paisaje, pensaba en toda la información que tenía de Derqui y me preguntaba - ¿será cierta la historia de Castillo, de que allí si amo o soy fan de algún escritor- fantasma y este está de vacaciones, lo podré ver e incluso conversar con él?
Castillo, es uno de mis escritores favoritos de “La página de los Cuentos”, aunque es muy buen escritor, siempre he sospechado que también posee una extraordinaria imaginación. No sabía hasta donde podía creerle. Pero de ser cierta su historia, me encantaría ver y hablar con Neruda, Allan Poe, Bécquer, Gabriela Mistral, Agatha Christie, Alejandro Dumas, Rubén Darío, Hemingway y muchos más.
Sería un sueño hecho realidad poder escucharlos y aprender de ellos.
 
Me sentí tonta pensando todo esto, mi hermano decía que era una tonta crédula, si Castillo me escucha se burlarla de mí. El juega siempre conmigo, me cree una tonta niña, jajaja, hasta me regaña si escribo algo que no le gusta, ¿Será que tiene complejo de papá? ¿Tan viejo es? ¿Será esa la razón por lo que no me dice su edad? ¡Ay, Castillo, ya te descubriré!
Si esa historia es uno de sus inventos no todo estará perdido, conoceré a un escritor, que aunque no es famoso ni por asomo muerto, me encanta también. ¡El Señor Castillo!  
(Bueno Honey, ¡a disfrutar este viaje! solo espero que el tío de Castillo no esté en la Quinta. Jajaja, aunque ¿no será el mismo Castillo su tío?, quizás Nilda no lo delató para evitarse problemas con su flaco. Pero no, no puedo creer que Castillo sea tan, pero tan…Mmmm, mejor no soy mal pensada.)

 

 

Un poco cansada empezaba a dormitar, de pronto un señor gordo, con un bigote como brocha, pelo ensortijado  y vestido como mi tatarabuelo se sentó a mi lado, aunque un poco ridículo, traía una hermosa medalla prendida en su pecho, mirándola, sin poderme contener, le pregunté:
- Perdone Señor, ¿Qué medalla es esa? ¡Es tan hermosa!-
El señor me miró con tal asombro, que pensé si en aquel país era una mala educación preguntarle algo a un extraño, pero cuando iba a pedirle una disculpa, me hizo una pregunta de lo más extraña:
- ¿Me ves? -
-Si, perfectamente, veo muy bien.- le respondí extrañada
Entonces su rostro, de aquella expresión de asombro pasó a ser tierno y simpático, en ese momento olvidé su estrafalaria apariencia. Con dulce voz me dijo:
-Esta medalla es una condecoración de la Academia Francesa de Letras. Me la gané hace ya bastante tiempo. Mi nombre es Alejandro Dumas.-
Ahora era yo la que ponía cara de asombro, ¡Alejandro Dumas!, entonces, ¡Castillo no mintió!
Cuando volví a mirar ya había desaparecido. Sentí tanta pena, con las miles de cosas que le hubiera preguntado.
De pronto pensé que si pude ver a Dumas podría ver otros de mis preferidos, acomodé el equipaje, rogándole a Dios no perderlo y fui a caminar por todo el tren, con la esperanza de encontrar algunos de mis amados autores.
Poco a poco encontré varios autores, ¡era extraordinario!,  Julio Cortázar, Jorge Luís Borges, García Lorca, Miguel de Cervantes, Arthur Conan Doyle, Charles Dickens, Ernest Hemingway, Agatha Christie, Gabriela Mistral y muchos más, ¡los veía, los escuchaba! Al parecer tendrían una reunión.
Allí estaba también el señor Dumas, acercándose preguntó:
-¿Los ves?
-Si
-Nómbralos
Nombre a todos los que conocía por sus fotos, otros, por sus rostros, desconocía quienes eran.
De pronto todos me miraron y callaron. Supe que debía irme, que era una intrusa, ellos tenían su reunión, yo no era parte de ellos. Solo era una simple lectora y aprendiz de escritora. Salí, lamentando no poder seguir con ellos y más aún no poder participar, aunque fuese de espectadora de tan extraordinaria reunión.
Al llegar a mi asiento respiré, aún allí estaban mis maletas y sobre ellas la medalla que tanto había admirado.  Con ternura y lágrimas en los ojos la guardé, era un tesoro, el propio Dumas me daba parte de su vida.

 

Llena aún de una inmensa felicidad llegué a la Quinta de Castillo, ¡Cuantas cosas tenía para contarle!
Lamentablemente Edy (Castillo) no estaba. ¡Qué mal anfitrión!
Doña Sofía, su mucama, me recibió y me obligó a almorzar, porque según explico quedaban muy lejos los restaurantes y eran muy caros. No quería causar molestias, pero entendí que era una extraña en ese país y debía esperar a Castillo.

Le conté a Doña Sofía lo que Castillo me había dicho de los fantasmas de los escritores, ella me sonrió incrédula, vivía por allí más de cuarenta años y jamás había visto un fantasma. Sin atreverme a contarle mi experiencia del tren me fui a mi habitación, hacia mucho calor, después de escribir todo cuanto me había sucedido, me quite la ropa y me acosté, ¡estaba tan cansada! 

II

La Reunión
Al despertar sentí que alguien me observaba, miré por todos lados y no vi a nadie, cubriendo mi cuerpo, me dispuse a bañarme, no sin dejar de pensar que castillo me iba a escuchar, seguramente tenía un agujero por donde espiar. No podía creer que mi hermano tuviera razón al desconfiar de Castillo. ¿Castillo un fisgón?
Entré a la cocina y malhumorada le pregunté a Doña Sofía por Edy, ella sorprendida me respondió que no había llegado, aunque como anfitrión era un desastre, respiré tranquila, no era un fisgón.
¿Y el tío?- pensé. Doña Sofía me dijo que él tampoco estaba, pero que tenía un mensaje para mí, una señora llamada Gabriela, me pedía estar en “El Café Tortoni”, que según Doña Sofía no existía en Derqui, esa noche a las ocho y debía llevar la medalla, él cual era mi pase de entrada. Excitada comprendí que los escritores y poetas famosos me invitaban a su reunión.
Entré a mi habitación a buscar la medalla, estaba dispuesta a acudir a esa cita, antes de irme le dejé una nota a Edy explicándole todo lo que me había pasado, él sabría comprender, al no encontrarme, cuando regresará.
Busque un taxi y pedí al chofer que me llevara a ese café, ni él ni los taxista amigos sabían donde quedaba. Ya preocupada le suplique que tratará de pensar, respondió que en el único sitio que no sabía si había un café, con ese nombre, era en un pueblito abandonado en las afueras de Derqui. Me contó de duendes, diablos que allí habitaban, era increíblemente absurdo, no creen en fantasmas pero si en demonios.
Como se negaban a llevarme, decidí irme a pie, quedaba un poco distante, pero nada me importaba con tal de reunirme con mis amados fantasmas- escritores.
Aunque cansada llegue al pueblo abandonado y que sorpresa me llevé, no estaba abandonado. Camine varias calles y en ellas caminaban una variedad de personas, que por sus ropajes revelaban pertenecer a diferentes épocas. Comprendí que me movía entre fantasmas. Sin embargo, poco a poco, fui perdiendo el miedo normal en estas circunstancias, los fantasmas parecían no notar que era un ser vivo o la medalla me protegía. No lo sabía y la verdad solo me importaba llegar a mi cita.
Al doblar y entrar en una calle, que por su tamaño parecía principal, descubrí con alegría un letrero que decía: “El Café Tortoni”. Allí estaba el sitió de reunión.
Parado en la puerta un hombretón grande y fornido, cuidaba la entrada.
Me acerque a él y le enseñé la medalla.
¿Vos?- dijo sorprendido, agregando rápidamente- Entre ya ha empezado la reunión.
Entre sin responder nada, entendí porque le causaba sorpresa. Viva, joven y para rematar una anónima lectora, era invitada a la gran reunión. ¡Cómo amaba a mi Dumas y a Gabriela!, sin ellos no estaría ahí.
Los días que transcurrieron fueron grandiosos, escuchar poemas y textos de los labios de sus propios dueños valía más que toda la riqueza del mundo. ¡Cuánto aprendía!
Recuerdo la particular sintaxis shakesperiana,  a Cervantes declarándose poeta fracasado:
“Yo que siempre me afano y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo”.
(Se sintió mejor al decirle que su Quijote es la obra más leída), a Poe,
inventor del género policial y mis preferidos, mis amados poetas, llenando mi alma de la fuerza de sus versos, trasladándome a un mundo donde el cuerpo queda y el alma vuela libre surcando ese espacio de la fuerza del sentir.
Aunque todo el tiempo fui una espectadora, una ávida oyente, una humilde alumna, fui por esos instantes dueña del mundo de las letras.
Una noche, porque fueron muchos días que allí estuve, aunque no niego que me remordía la conciencia por Castillo, me dieron un consejo que cambio todo en cuanto creía:
“El mejor poema, la mejor prosa es aquella que nace del alma y al plasmarla, no importa elogios o fama, lo que importa es llegar y quedar en el alma de los lectores, hacer que estos amen tanto lo leído que se convirtieran en ávidos amantes de la literatura. Cuando escribas y logres esto sabrás que has triunfado. Mientras, llena tu alma de humildad y lee, allí esta el camino, el secreto para escribir”
Viví el sueño más hermoso de mi vida, comprendí lo pequeña que era y el largo camino que aún debía recorrer, pero lo haría, escribir ya no era un sueño, solo era un camino cuajado de espinas y bello como una flor, tocarla olerla, disfrutar de su belleza era suficiente aliciente para no sentir sus espinas.

III

El Regreso
Una tarde que escuchaba los poemas de Darío, Dumas muy triste me invitó a acompañarlo, me contó que Castillo y la policía me estaban buscando, que mi hermano casi mata a Castillo a golpes, en fin que mi desaparición ya era un caos para la vida de Castillo. ¡Mi pobre Edy!
¿Cómo explicar que él sabía que andaba con los fantasmas? ¿Quién le iba a creer?
Nadie comprendía porque también mis textos habían desaparecido y en lugar de ellos aparecía una mona, tan fea la pobre, que daba risa. Había borrado mis textos, cosa que le causó más problemas al pobre Edy, pero lo hice porque comprendí que debía comenzar una nueva etapa, una, donde el orgullo no me evitara crecer, aprender, esa reunión con mis adorados fantasmas me enseño que aún tenía mucho que aprender.
Castillo ya no sabía que hacer, le pesaba haber invitado a la loca dominicana, pensaba: - ¿Cómo iba a imaginar que se le ocurriría irse con los fantasmas? y para remate el hermano frenético que sigue mirándome como fiera enjaulada. Como golpea, el condenado.
¿Por qué me culpan? si soy inocente, si nunca he mirado con interés a la minita esa, si tengo a mi rubia alemana, si estoy enfermo. Suerte que la rubia me creyó, como estaba con ella todo el tiempo que Honey estuvo en mi casa. ¡Ah! que días pasé con mi rubia. ¡Ay!, pero como han dañado mi quinta, mi jardín, ¿cómo se les ocurre creer que la enterré, hasta a mis inocentes perros culpan. Si hubiese sabido lo loca que es la Honey, no la recibo. Eso me pasa por confiado y quizás la loca este correteando con uno de esos escritores muertos, si quiere un escritor le doy uno bien vivo, hasta el hijo de Nilda le hubiera hecho el favor. ¡Maldita loca!, ya sabrá quien es Castillo cuando vuelva.-
Decidí volver, Dumas me convenció que además de leer debía seguir escribiendo, así podría ir poco a poco madurando.
Tenía que contar, aunque me creyesen loca lo sucedido, debía evitar que siguieran molestando y vigilando al pobre Castillo.
Ojala él no este enojado, pero sé que me va a regañar, hasta me pondrá impedimento de entrada en Argentina.
Solo lamento no haber compartido con Castillo. ¡Tan buen hombre! y no haber visitado a Nilda.
Bueno, es hora de volver, hora de recibir los regaños de mi hermano, las preguntas de Castillo, los policías, Doña Sofía y hasta los perros, pero ¡Valió la pena!
Borrando mi sonrisa y poniendo carra de niña buena y sobretodo de “no recuerdo”, “no sé que me pasó” dejé atrás los mejores días de mi vida, Miré por última vez aquel pueblo triste.
Sonreí al recordar que allí quedaban los diablos y brujerías del pueblo de Tibor Gordon, ¡El Pueblo embrujado!... ¡Si supieran!
Caminé hasta Derqui, llevando en mi corazón todo un tesoro, volvía al mundo de los vivos, pero volvía con la certeza de que mi vida
sería distinta, había encontrado el justo equilibrio y la humildad necesaria para aprender.
Al llegar a la quinta de Castillo vi el caos que había causado, hasta debajo de los jardines me habían buscado. Un hombre paseaba abatido. Si, debe ser Castillo, ¡Uy!, que flaco es. ¿Estará enfermo?
-¿Castillo?, ¡Castillooooooooooo!
-¿Honey?... (Al fin volvió la loca), ¡Eyyyyyyyyyyy es Honey!

 

 

 
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